personas que habían de ser reconciliadas fueron llevadas con Dios ,por haber practicado brujeria, a las gradas de la parte donde estaba el dosel y Tribunal del Santo Oficio, y, puestas de rodillas en la grada más alta, se hizo un solemnísimo y devotísimo acto, con que fueron recibidas a reconciliación y absueltas de la excomunión en que estaban, por el Señor Doctor Alonso Becerra y Holguín, Inquisidor más antiguo. Esto se hizo con tan grande gravedad y autoridad que toda la multitud de gente estaba admirada y suspensa con la grande devoción.
luego que se acabó el dicho solemne acto, el dicho Señor Inquisidor más antiguo quitó el sambenito a una de las brujas, que se llamaba María de Yarre, diciendo que se le quitaba porque fuese ejemplo a todos la misericordia que con ella se usaba por el dolor con que había sido buena confitente y el ánimo con que había perseverado en defenderse de las grandes molestias que los brujos le habían hecho para volverla a reducir a su secta y bandera.
Lo que causó tan gran devoción y piedad en todos, que no cesaban de dar mil bendiciones al Santo Oficio, con lo que se acabó aquel solemne acto.
Y el Chantre de la Iglesia Colegial llevó sobre sus hombros la Santa Cruz a la Iglesia con mucho acompañamiento y música, que iban cantando el "Te Deum laudamus" tras todos los penitentes, que acompañados de Familiares, fueron vueltos a la Inquisición, y el Estado Eclesiástico la Ciudad volvieron también acompañando a los Señores Inquisidores, y se acabó todo buen rato después de haber anochecido.
Y porque se tenga noticia de las grandes maldades que se cometen en la secta de los brujos, pondré también una breve relación de algunas de las cosas más notables que apuntamos algunos curiosos que con cuidado las íbamos escribiendo en el tablado, y son las siguientes:
El Demonio, para propagar esta abominable y maldita secta, se aprovecha de los brujos más antiguos y más ancianos, que con mucho cuidado se ocupan en ser maestros y enseñadores de ella. Y a los que persuaden que sean brujos no los pueden llevar al Aquelarre (que con este nombre llaman a sus ayuntamientos y conventículos, y en el vascuence suena tanto como decir Prado del Cabrón, porque el Demonio que tienen por Dios y Señor en cada uno de los Aquelarres muy ordinario se les aparece en ellos en figura de cabrón) sin que primero consientan en que serán brujos, y siendo de edad de discreción prometan que harán el reniego.
Y habiendo consentido y prometído así, en una de las noches que hay Aquelarre va la persona maestra que le ha enseñado convencido a que sea brujo a su cama o parte donde está durmiendo o despierto, como dos o tres horas antes de medianoche, y habiéndole primero despertado si duerme, le unta con una agua verdinegra y hedionda las manos, sienes, pechos, partes vergonzosas y plantas de los pies, y luego le lleva consigo por el aire, sacándolo por las puertas o ventanas que les abre el Demonio, o por otro cualquier agujero o resquicio de la puerta, y con grande velocidad y presteza llegan al Aquelarre y campo diputado para sus juntas, donde lo primero presenta al brujo novicio al Demonio, que está sentado en una silla, que unas veces parece de oro y otras de madera negra, con gran trono, majestad y gravedad, y con un rostro muy triste, feo y airado (que por entonces se representa en figura de hombre negro, con una corona de cuernos pequeños, y tres de ellos son muy grandes y como si fuesen de cabrón, los dos tiene en el colodrillo y el otro en la frente con que da luz y alumbra a todos los que están en el Aquelarre, y la claridad es mayor que la que la luna y mucho menos que la que da el sol, y la que basta para que todas las cosas se vean y conozcan).
Los ojos tiene redondos, grandes, muy abiertos, encendidos y espantosos, la barba como de cabra, el cuerpo y talle como entre hombre y cabrón, las manos y pies con dedos como de persona; más de que son todos iguales, aguzados hacia las puntas con uñas rapantes y las manos corvas como ave de rapiña, y los pies como si fuesen de ganso.
Y tiene la voz espantosa, desentonada, y cuando habla suena como un mulo cuando rozna; más de que la voz es baja y las palabras que habla son mal pronunciadas que no se dejan entender claramente, y siempre habla con una voz triste, ronca, aunque con muy grande gravedad y arrogancia, y su semblante es muy melancólico, parece que siempre está enojado.
cuando la bruja maestra le presenta el novicio le dice: "Señor, este os traigo y presento" y el Demonio se le muestra agradecido, y dice que le tratará bien para que con aquel vengan muchos más. Y luego le mandan hincar de rodillas, en presencia del Demonio, y que reniegue en la forma y de las cosas que la bruja su maestra le lleva instruido, y diciéndole el Demonio las palabras con que ha de renegar, las va repitiendo, y reniega lo primero de Dios, de la Virgen Santa María su madre, de todos los Santos y Santas, del Bautismo y Confirmación y de ambas las Crismas, y de sus padrinos y padres, de la Fe y de todos los cristianos, y recibe por su Dios y Señor al Demonio; el cual le dice que de allí adelante no ha de tener por su Dios y Señor al de los cristianos sino a él, que es el verdadero Dios Señor que le ha de salvar y llevar al paraíso.
Y luego es recibido por su dios y señor, y le adora besándole la mano izquierda, en la boca, en los pechos (encima del corazón) y en las partes vergonzosas. Después se revuelve sobre el lado izquierdo, levanta la cola (que es como la de los asnos) y descubre aquellas partes, que son muy hediondas, y también las besa debajo de la cola. Luego, el Demonio tiende la mano izquierda y, bajándosela por la cabeza hacia el hombro izquierdo o en otras partes del cuerpo (según le parece), le hace una marca con una de sus uñas, causando una herida que sangra. El Demonio recoge la sangre en algún paño o vasija, y el brujo novicio siente gran dolor por la herida durante más de un mes, y la marca y señal permanecen de por vida. Después, en la niñeta de los ojos, con algo caliente como si fuese de oro, le marca un sapillo, que sirve como señal para que los brujos se reconozcan entre ellos.
Luego, el Demonio da a la maestra ciertas monedas de plata como pago por el esclavo, y un sapo vestido (que es un Demonio en esa figura) para que sirva como Ángel de guarda al brujo novicio que ha renegado. Es notable que la mayor parte de las monedas desaparecen, y la bruja maestra no se beneficia de ellas, especialmente si no las gastan dentro de veinticuatro horas después de recibirlas. El sapo siempre permanece en poder de los brujos, mantenido y cuidado por la maestra hasta que el Demonio lo entrega al brujo novicio. También es notable que la marca que el Demonio les hace les amortigua la parte donde entra la uña del Demonio, de manera que, aunque les claven una aguja o alfiler, no sienten dolor.
Después de hacer el reniego, el Demonio y los demás brujos ancianos presentes advierten al novicio que no debe nombrar a Jesús, ni a la Virgen Santa María, ni persignarse ni santiguarse. Luego le mandan que se vaya a holgar y bailar con los demás brujos alrededor de unos fuegos fingidos que el Demonio les presenta, diciéndoles que esos son los fuegos del infierno. Les dice que entren y salgan por ellos, comprobando que no queman ni causan dolor, animándolos así a cometer todo tipo de maldades, y se divierten bailando y danzando al son de tamborino y flauta. En el Aquelarre de Zugarramurdi, los músicos eran Joanes de Goyburu y Juan de Sansin, ambos primos, que fueron reconciliados por haber confesado. Las danzas y bailes duran hasta el canto del gallo, después de la medianoche, momento en que todos regresan a sus casas acompañados de sus sapos vestidos, y la junta se deshace. En muy breve tiempo llegan a sus casas. Juan de Goyburu confesó que cuando se volvía al Aquelarre desde otro lugar a dos leguas de Zugarramurdi, si llegaba la hora de cantar el gallo, regresaba a él.

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